El 16 de septiembre de 1955, un sector de las Fuerzas Armadas encabezado por el general Eduardo Lonardi derrocaba al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. 

Hace 65 años, el 16 de septiembre de 1955, un sector de las Fuerzas Armadas encabezado por el general Eduardo Lonardi derrocaba al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. 

Siete días más tarde, el 23 de septiembre, la plaza de Mayo ilustraba sin intermitencias la realidad nacional. Con la misma multitud y apoyo que ocurriera el 17 de octubre de 1945 las calles mostraron a la otra mitad de la Argentina celebrando que el poder ya no era de Perón como doce años atrás, sino, una vez más, de las Fuerzas Armadas. 

La Historia nace de la memoria y es una dimensión de ella, pero se separa de la memoria al intentar tomar cierta distancia con el pasado y someterlo a examen crítico. En esto el desafío de condensar en una nota la multiplicidad de variables que derivaron en la denominada “Revolución Libertadora” es alto, pero aquí algunos puntos por considerar. 

Si bien el consenso no abunda en la Argentina y claro que menos aún al considerar la figura de Perón, existe una cuota de consentimiento en marcar que el conflicto con la Iglesia fue el principio del ocaso de la administración peronista. 

En esto se destaca que el enfrentamiento sirvió como aglutinador de la oposición, convirtiendo a los templos en una suerte de tribuna política crítica, congregando incluso anticlericales lejanos al hábito. 

La celebración del Corpus Christi sobre las calles de Buenos Aires, quizás la manifestación antiperonista más contundente hasta aquel entonces, se respondió con el exilio del monseñor Manuel Tato y Ramón Novoa, la acusación del Gobierno por la quema de una bandera argentina con la excomulgación de Perón. 

El auge de las idas y venidas tuvo un día después a lo último mencionado un punto de inflexión que dejaría explicitado el odio en el país. El 16 de septiembre una escuadrilla aeronaval con encargo de rendir homenaje a la difunta Eva Perón bombardeó su propio territorio nacional provocando la muerte de más de 300 inocentes (entre ellos 40 niños de primaria que viajaban a bordo del tranvía de la línea 305).

Con la intención utópica de tener en la oposición un aliado para pacificar el país, el 31 de agosto Juan Domingo Perón ofreció su renuncia a la presidencia de la Nación pronunciando un día más tarde un discurso a tono con la violencia y amenaza de la época. 

“La consigna para todo peronista, este aislado o dentro de una organización, es contestar una acción violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”, marcó el General ante una Plaza de Mayo, previa convocatoria del Doctor John William Cooke, colmada. 

Con la marina de guerra como epicentro militar de la conspiración, la decisión del levantamiento militar fue finalmente promovida por el general Eduardo Lonardi

Sobre la madrugada del 16 de septiembre Lonardi y un grupo de oficiales toman la Escuela de Artillería en la provincia de Córdoba, extienden su presencia sobre guarniciones militares en Mendoza y Bahía Blanca, en tanto sobre la Capital toman lugar los hechos más determinantes. 

Como apunta Martín Balza, el poder de combate relativo de las fuerzas leales era sensiblemente superior a las del oponente.

El día 19, el foco rebelde de Córdoba vacilaba y se creía derrotado pero, con el correr de las horas, efectivos leales se pasaban a las filas rebeldes, principalmente las guarniciones militares de Mendoza y de San Luis. Perón se sentía derrotado, traicionado y no buscó una alternativa que hubiera significado un baño de sangre o una guerra civil.

Una semana más tarde, el comandante Eduardo Lonardi asume la presidencia de la Nación refiriendo en su toma de mando, tal como lo hiciera el general Urquiza cien años atrás, “ni vencedores ni vencidos”. Por su parte Perón inicia en Paraguay un largo exilio que lo mantendría fuera de la Argentina por casi dos décadas. 

La caída del régimen peronista sorprendió a la mitad de un país que al menos de momento miraba con resignación e impotencia lo ocurrido. Así como el 17 de octubre de 1945 la espontaneidad exhibía la militancia activa, el 23 de septiembre de 1955 ilustró el júbilo la mitad de ese mismo país no peronista que de manera inimaginada celebró la derrota de la opresión. 

Marcan los historiadores Carlos Floria y César García Belsunce que ambas expresiones fueron, a su vez, un símbolo de una Argentina pendular que no lograba conciliar aún la democracia con el pluralismo, el orden con la libertad, la autoridad con la participación, el desarrollo político con el económico y social. 


Filo News

Share.

Leave A Reply