Hace más de medio siglo que Vicente es comerciante de la terminal de ómnibus. De hecho, viene desde la vieja terminal. Hoy, trabaja solo por servicio y debe dos meses de alquiler. El retrato de una agonía causada por la pandemia de COVID-19.

La terminal de ómnibus es una de las postales de nuestra ciudad. En la preciada antigua normalidad, los colectivos de media y larga distancia estacionaban en las dársenas y cientos de pasajeros subían, bajaban o descansaban unos minutos. Hoy, a más de un año y medio del comienzo de las restricciones por la pandemia de COVID-19, la terminal continúa siendo una postal, pero del abandono y del parate de actividades.

Vicente es uno de los comerciantes que trabaja en el lugar. Tiene su negocio desde hace más de cincuenta años. Alquila su espacio desde que la nueva terminal inauguró. De hecho, ya trabajaba en la antigua terminal antes de que ésta se mude. No trabaja por las ganancias, sino por el hecho de seguir.

“No tenemos ayuda de nada ni de nadie. Tratamos de hacer lo que podemos. Alquilo el local, y pago cerca de $8.000 por mes. Hace dos meses que no lo puedo pagar. No hay gente, no hay actividad”, explicó en el aire de Radio Criterio (FM 88.1) esperanzado en que se flexibilicen algunas restricciones y aumente el flujo de pasajeros. “No podemos aguantar mucho más”, sentenció.

Ligado a la actividad de las empresas de transporte de pasajeros más grandes, y éstas adaptándose a los estrictos protocolos vigentes a nivel nacional y provincial, los colectivos no se detienen en las dársenas. Simplemente pasan. El transporte urbano, por su parte, tampoco deja ganancias.

Una de las peores crisis

Con más de medio siglo de trabajo, Vicente tiene varias crisis económicas en su espalda. Ante la pregunta de si “¿esta (crisis) es la peor?”, el kiosquero comenta que no, que hubo otra más dura: la de los noventa. “En la última de Ménem no andaba nadie. Fue una debacle. Estuve solo acá. Ahora hay un poquito más de movimiento. No se trabaja bien y no alcanza, pero en el último tiempo aumentó un poquito”, cuenta, y agrega que trabaja “por servicio”, y no por ganancias.

“No hay salida”

Para su actividad, un kiosco dentro de la terminal de ómnibus, y con su experiencia, Vicente avizora que “no hay salida”. La concentración de los viajes en grandes empresas, los recorridos en los que se van bajando pasajeros a lo largo de la ciudad y una agonía en la terminal que viene de años son algunos de los condimentos. La pandemia y las duras restricciones, la frutilla del postre.

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