Murió Diego Maradona. No supimos despedir al mayor ídolo deportivo de nuestra historia como correspondía. Síntesis de la sociedad argentina. 

Toda o casi la gran mayoría de los argentinos estuvimos pendientes del adiós al ídolo. Los futboleros, los que lo idolatraban, los que lo denostaban. 

El argentino más conocido en el mundo. La llave que te destrababa, con solo nombrarlo, alguna complicación en algún exótico país. El hombre con sus sesenta años vividos que son seiscientos de los nuestros. Con todos sus aciertos y errores. 

Para algunos (o la mayoría), el mejor futbolista de todos los tiempos. Extraordinario, físico privilegiado, personalidad avasallante, pecho erguido, compadrito. Contestatario. Humano. Contradictorio. Diego era todo eso y mucho más. 

Pero no es el motivo de la columna describir a Maradona y sus increíbles facetas. La intención es tratar de describir por qué, los argentinos, no podemos organizar nada. 

No pudimos transitar con tranquilidad, la despedida de nuestro genio deportivo. Somos una sociedad crónicamente desorganizada y contradictoria. La doble moral nos está matando. 

La pandemia y la cuarentena nos dejaron al descubierto que casi nada funciona en la argentina. Un gobierno que ordenó el cierre de escuelas por casi un año entero (las consecuencias de esto serán dramáticas) organiza un velorio multitudinario en la Casa Rosada usando como escudo el féretro del ídolo. Era sabido que concurrirían ciudadanos acongojados a dejar su ofrenda pero también barrabravas borrachos y drogados dispuestos a todo, al punto que “tomaron” la casa de gobierno. ¿Qué podía salir mal? 

Pero todos los gobiernos del mundo, en todas las épocas, han querido la selfie con el ídolo. Los Fernández tuvieron su fotito junto al féretro del Diego. 

Cristina, la más osada, hizo detener el ingreso de los miles de acongojados (la gente afuera soportando calor, sed y apretujones) que hacían la interminable fila para poder pasar y ver el cajón. También hizo desalojar la sala y sacarse su selfie sola tocando el cajón. 

Fue tal el desorden (los barras invadieron el Patio de las Palmeras, el ataúd debió ser sacado abruptamente ante el temor de cosas peores, el busto de Yrigoyen por el piso, etc.) que la familia decidió suspender el velorio. 

Lo que debió haber sido una grata despedida terminó siendo un desastre con suerte porque podría haber terminado como tragedia en caso de cruzarse las barras. 

La Argentina 

Nuestro país tiene todo para triunfar y, por diversos motivos, no lo hace. En lugar de crecer, involuciona transformándose en un ícono mundial del des-desarrollo. 

Seguramente ha escuchado que la Argentina es rica. Les digo que se quiten esa fantasía de la cabeza. Argentina no es rica. Tiene muchos recursos, pero como todo en la vida, los recursos se terminan. 

A los “recursos humanos”, que todavía nos distinguen en el mundo, hay que darles contenido. Ese contenido es educación, educación y más educación. Esa es la fórmula, y no es mágica precisamente. 

Si no cambiamos rápidamente la actitud ante esta realidad, chocaremos fuertemente contra la amargura del fracaso, de la degradación social y de valores que tenemos frente a nuestras narices. 

Las contradicciones vistas han sido increíbles: en medio de una pandemia y cuarentena, el Gobierno organiza un velorio multitudinario en la Casa Rosada donde se puede ver una bandera de CTERA (central gremial que impide la vuelta a clases) en la puerta. 

Los argentinos que se van al exterior, triunfan, sobresalen del resto en las distintas actividades y profesiones. No es raro enterarse de que, en algún lugar del mundo, hay un argentino que ha desarrollado un adelanto científico tecnológico importante en los más diversos temas. 

¿Será porque en el exterior funcionamos dentro de sistemas que ayudan al desarrollo y a la creatividad? 

Dentro de nuestras fronteras, no funcionamos. Todo nos cuesta mucho más, seguramente porque nuestro sistema es una máquina burocrática e ineficaz muy compleja para aquellos que optan por el camino de la normalidad y la legalidad. 

La desorganización en nuestro país es la regla. Lo extraordinario es cuando algo se cumple en tiempo y forma en Argentina. Gobiernos de izquierda a derecha y viceversa pero siempre con un común denominador como es la desorganización y la improvisación. 

Ese movimiento pendular es alimentado por nuestros dirigentes políticos y funcionarios de turno. Todos sabemos lo que han hecho, lo que hacen y lo que seguramente seguirán haciendo. 

Pero nosotros, los ciudadanos, somos los responsables, ya que miramos para otro lado y los seguimos votando. 


por Pedro Rossi | Director de Puntos de Vista | pedrorossi@live.com.ar

Leave A Reply